

RECIBIENDO AL SEÑOR EN DISFRAZ
Por Susan David

Al estar sentada aquí reflexionando sobre este año que
he pasado en Casa Juan Diego, las palabras de las Escrituras vienen a mi
mente: "Y no había lugar en el pueblo para ellos."
Con que frecuencia nosotros recibimos llamadas de varios albergues:
"¿Es posible que puedan recibir a una madre y sus tres hijos
porque ya
estamos llenos y no tenemos más lugar?" O habla una trabajadora
social
del hospital y pregunta si podemos aceptar a una madre y su nuevo bebé,
porque ya no hay lugar en los albergues. Y, si podemos, siempre
decimos, "Encontraremos lugar para ustedes."
Muchas veces nuestro timbre de la puerta suena a tempranas horas de la
mañana. Yo recuerdo una mañana así cuando el timbre
sonó y yo fui a la
puerta y allí estaba una pareja con sus dos pequeños hijos.
"¿Tienen
lugar para nosotros? Acabamos de llegar de El Salvador."
"Sí, sí tenemos, por favor entren." Mandé
al padre a la casa para
hombres, asegurándole que su esposa y niños estarían
bien y que se
podrían ver en la mañana después del desayuno.
Les dí unas cobijas y las acomodé en nuestra sala de espera
hasta la
mañana. Después del desayuno se les dio un cuarto y acomodo
para el
día.
No es solamente que recibimos huéspedes aquí en Casa Juan
Diego para
encontrar refugio, sino que es esencial que también encontremos lugar
en
nuestros corazones, también. Somos diferentes de las agencias y
albergues porque nosotros somos "una casa de hospitalidad." Nunca
cerramos, ni siquiera en días de fiesta. Así que como casa
de
hospitalidad, nuestro trabajo es de recibir huéspedes, frecuentemente
a
horas extrañas. Como nos dice Dorothy Day, "Es a Cristo a quien
recibimos." Nuestro huésped es Cristo al que recibimos en nuestra
casa.
"Para un cristiano total, el estímulo del deber no se necesita--siempre
empujando a uno a hacer esta o aquella buena obra. 'No es un deber
ayudar a Cristo; es un privilegio.' ¿Es posible que Marta y María
descansaron y consideraron que ellas habían hecho todo lo que se
esperaba de ellas?--¿Es posible que la suegra de Pedro sirviera de
mala
gana la gallina que había pensado guardar para el domingo porque
pensó
que era su deber? Lo hizo de buena gana; hubiera servido diez galinas
si las hubiera tenido.
Si esa es la manera en que dieron hospitalidad a Cristo, es de seguro
que esa es la manera en que se debe de seguir ofreciendo.
No por el amor a la humanidad, no porque pudiera ser Cristo el que se
queda con nosotros, viene a vernos, toma nuestro tiempo. 'No porque
esta gente nos recuerda a Cristo, sino porque ellos son Cristo,'
pidiéndonos encontrar lugar para El exactamente como El lo hizo en
aquel primer Navidad."
Dorothy Day también nos recuerda que frecuentemente no hay nada
más que se pueda hacer excepto amar y respetarlos: "Enfrentamos
la situación de que no hay nada que podamos hacer para esta gente
excepto amarlos. Repetimos, no hay nada que podamos hacer sino amarlos,
y querido Dios--por favor acrecienta nuestros corazones para amarnos los
unos a los otros y amar a nuestro prójimo, amar a nuestros enemigos
al igual que a nuestros amigos."
Para la mayoría de nuestras mujeres, es aquí en Casa Juan
Diego donde
ellas han sentido amor verdadero por primera vez en sus vidas, o por la
primera vez en un largo tiempo.
Yo he sido voluntaria en Casa Juan Diego por dos años y he hecho
la
promesa que quedarme hasta "el último tirón." Vine
a Casa Juan Diego
porque quería servir a la comunidad hispana, especialmente refugiados
e
inmigrantes, y porque quería vivir según el Evangelio y sus
valores,
especialmente de amor y servicio a los pobres, como se resume en Mateo 25.
Encontré lo que buscaba aquí en esta casa de hospitalidad
del Trabajador Católico de Houston. En Casa Juan Diego, ofrecemos
hospitalidad a refugiados e inmigrantes de Centroamérica y México
y
también a mujeres hispanas maltratadas o embarazadas.
Como Trabajaodres Católicos, usamos diferentes sombreros. Recibimos
a los nuevos huéspedes, llevamos a mujeres y niños a sus varias
citas, ayudamos a las mamás a llenar varias formas para servicios
sociales o inscripción en la escuela, llevamos a las mujeres a la
estación de policía para hacer sus reportes, levantamos varias
donaciones, hacemos viajes de emergencia al hospital, escuchamos historias,
damos consuelo, celebramos juntos, especialmente la Eucaristía en
nuestra liturgia del miércoles en la noche, ayudamos con los quehaceres,
enseñamos inglés como segunda idioma, y la lista continúa.
Nuestro día está lleno con una variedad de actividades desde
la mañana temprano, hasta ya tarde en la noche.
A pesar de todo este duro trabajo, me gusta lo que estoy haciendo aquí.
A veces creo que recibo más de lo que doy. Tantas veces amigos y
parientes de los huéspedes nos dan las gracias por estar aquí.
Da tanta
alegría ver a una familia reunida después de varios años
de separación.
Mujeres maltratadas frecuentemente llegan temerosas y aterrorizadas y
después de unos cuantos días se puede ver en sus rostros paz
y
tranquilidad. Ofrecemos a las mujeres el espacio que necesitan y la
asistencia que necesitan para poner sus vidas en orden de nuevo.
Me alegra el tiempo que comparto con las mujeres o jugando con los
niños. Siempre hay mucho amor para todos. Es un placer ver los niños
crecer y florecer. Los bebés han dicho sus primeras palabras, tomado
sus primeros pasos, y para otro niño está la maravilla de
poder ver
claramente para la primera vez. Este niño de seis años vino
a nosotros
recientemente y después de ser examinado, se diagnosticó severos
problemas en los ojos. Con la ayuda de nuestra asistencia médica
voluntaria y el Hospital Hermann, todos sus problemas ya están
corregidos.
Estoy muy contento de ser parte de Casa Juan Diego, y lo considero un
privilegio el servir a Cristo cuando El viene a nosotros en los pobres.
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